XV Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos 
Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional

Mons. Eduardo Horacio García

Palabras pronunciadas en el Aula Sinodal en el momento de las intervenciones libres.
17/10/2018

En muchas de las palabras que venimos escuchando suena una música de fondo de cierta añoranza por un tiempo pasado que ya no volverá, y la queja por un mundo que ya no entra en nuestros moldes. También aparecen ciertos espejismos que desvían nuestra percepción y no asumimos que hay un modelo que ha fracasado. Lejos de la desesperanza me resuenan las palabras de Sabato, un escritor argentino que dijo: “La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza” y la pluma de Dostoievski lo confirma con la famosa afirmación: “la belleza salvará al mundo”.

¿Qué belleza? La belleza del amor de Jesús que es nuestra única riqueza, aquella que ni la polilla corroe ni el tiempo envejece.

La realidad es superior a la idea nos dijo el Papa. Por las heridas, fragilidades y gritos; incluso silenciosos de nuestros jóvenes Dios nos está pidiendo hacer presente la ternura del Padre; así como lo hizo Jesús misionero del amor del Padre. Si, ternura capaz de contrarrestar la cultura, de la muerte, del descarte y del desencanto sin discursos condenatorios.

Necesitamos mostrarles a los jóvenes un Jesús vivo que se acerca a ellos, no para adoctrinarlos sino, para sacar de ellos la mejor versión de ellos mismos y eso sólo es posible desde un amor afectivo y efectivo.

Afectivo porque necesitan sentirse amados en sus vidas, así como vienen. Efectivo porque sólo el amor gratuito seduce el corazón, atrapa la inteligencia buscando creativamente nuevas formas de expresarlo y mueve la voluntad haciéndose gesto luminoso, verificable y creíble de la fe.

Dijimos también que necesitamos nuevos lenguajes para comunicarnos: miremos a Jesús en su lenguaje gestual de amor encarnado, irrefutable que no tiene necesidad de apologías ni de explicaciones dogmáticas.

En la realidad de la post verdad los jóvenes necesitan ver. Se ven las acciones. La conversión pastoral pasa por tener una mirada atenta a lo que es, no a lo que deseamos ver.

La conversión pastoral es urgencia que nos llama a ser iglesia en salida con gestos concretos. En nuestros procesos pastorales con los jóvenes el punto de anclaje hoy no es la palabra dicha sino la palabra vivida, hecha carne.

Misión, opción por los pobres y los jóvenes son una triada inseparable. La misión, el acercamiento samaritano a los pobres no puede ser la conclusión de un proceso o una experiencia esporádica más sino un modo de ser en la iglesia, y un signo para el mundo.

La misión, nos lleva ineludiblemente al encuentro con el dolor del mundo; este dolor será provocador de la necesidad de la oración personal e intercesora; de una formación que ayude los jóvenes a adentrarse cada vez más en el corazón de misericordioso de Jesús dando razón de nuestra esperanza, y de una ascesis, no impuesta sino, alegremente buscada que lleva compartir solidariamente lo que tenemos y somos. Como santa Teresita, los jóvenes en el corazón de la Iglesia son llamados a ser el amor y encarnar el amor con gestos.

Seamos nosotros iglesia en salida, llamemos a los jóvenes a compartir con nosotros la aventura de ser iglesia samaritana, que planta su tienda en la calle, por donde pasa la vida sin asco de mezclarse desprejuiciadamente con los desprolijos, los sucios, los manchados, los estigmatizados: compartiendo y poniéndonos sus vidas al hombro sin pedir carnet de buena conducta, para curar sus heridas como gesto profético de amor cristiano. Esa es la belleza que fascina y atrae. Cuando un joven se siente amado y útil su vida cobra sentido y su fe lo mueve para cosas aún más grandes.

Fuente: AICA